Francesc Torralba: “El cuidado es un valor que ha emergido con mucha fuerza en la sociedad civil”
Francesc Torralba presenta Vivir en lo esencial en donde ahonda en lo que hemos aprendido en esta etapa de confinamiento. La crisis global causada por la pandemia del Covid-19 nos ha permitido redescubrir valores como el cuidado, la gratitud, la humildad, la solidaridad, la paciencia y la entrega, que raramente ocupan un lugar de prestigio en nuestra sociedad.
Una pirámide de valores que será indispensable para afrontar el tsunami social y económico que ha comenzado a golpear nuestras vidas. Vivir en lo esencial es una invitación a repensar con serenidad y profundidad cómo vivimos, nos relacionamos, producimos y consumimos, tratando de imaginar un futuro distinto.
Comenta que después de lo que hemos vivido nada volverá a ser como antes
La crisis es una ocasión, una oportunidad tanto individual como colectiva. Podemos enfrentarnos a ella y aprender. Podemos pasar de puntillas y repetir errores. Nada volverá a ser como antes para quienes han perdido a un ser querido, para quienes han visto destruir su negocio, para quienes han perdido su empleo. Nada volverá a ser como antes para quienes han enfermado gravemente. Quienes han vivido la crisis desde casa, confinados, atrincherados frente el televisor, la crisis no ha dejado de ser para ellos algo más que un espectáculo mediático apocalíptico. Lo expreso como un deseo: Ojalá sirva para aprender, para cultivar valores nobles, para no repetir los mismos errores.
¿Es primordial cuidar la naturaleza para que esto por lo que estamos pasando no vuelva a suceder?
La crisis pandémica que sufrimos no es una casualidad, ni fruto del azar. Todavía no conocemos el nexo causal entre la devastación de la biodiversidad perpetrada por el ser humano y la irrupción de este virus. Es pronto para decirlo. De lo que no cabe duda es que esta crisis pandémica no será la última. Estamos cabalgando a todo gas hacia una crisis ecológica de carácter global que tendrá consecuencias mucho más graves, persistentes y catastróficas que las que ahora estamos sufriendo. Esta crisis debería hacernos pensar en el modelo social, económico, político y sanitario que regula nuestra civilización.
¿Qué es lo esencial en la vida?
Lo esencial es lo que nos sustenta cuando todo se desmorona, la tierra firme donde poner los pies cuando la tierra se agrieta y se abre el vacío. Para unos es Dios, para otros es la familia, la amistad, el amor. Lo esencial es lo que te aguanta, te sostiene desde un punto de vista moral. En momentos de crisis, es fácil sucumbir al desencanto, caer en la desidia, en el nihilismo. Es fácil tirar la toalla y entonar un canto de lamentaciones. Lo esencial es el para qué, la razón última, lo que te impulsa a seguir luchando cuando el viento sopla en contra, cuando la nada se impone.
Ante esta situación, ¿qué crees que es lo que hemos aprendido o estamos aprendiendo?
No sé lo que los demás han aprendido. Me limito a narrar mi propia experiencia. La crisis contiene siempre una lección que, debidamente digerida, permite dar un salto cualitativo en el proyecto vital de cada ser humano. El éxito confirma la estrategia, mientras que la crisis exige reflexión, análisis, revisión de los procedimientos y de las estrategias abordadas. Lo que puede pasar es que, una vez pasada la crisis, advenga el olvido y uno tropiece, otra vez, con la misma piedra. Sin embargo, cuando la crisis deja mella en el alma, cuando la herida es profunda, es difícil que llegue a borrarse de la memoria emocional.
La incertidumbre y la impotencia es algo con lo que hemos tenido que aprender a convivir. Pero ¿consideras que tenemos que aprender a vivir más con ello?
La incertidumbre no constituye ninguna novedad. Forma parte intrínseca de la vida humana. La única certidumbre es, de hecho, la incertidumbre de su futuro. Nada es más cierto que la muerte que le espera al final de su periplo vital. El resto todo es incierto. Esto vale a título individual, pero también en el plano colectivo. Tenemos que reconocer nuestra ignorancia respecto al futuro. La incertidumbre económica, social, sanitaria, educativa, política lo inunda todo. No sabemos lo que va a ser de nosotros, ni lo que podemos esperar. Esto exige humildad intelectual, mucha cautela a la hora de elaborar prospectivas y, sobre todo, honestidad moral. No podemos prometer lo que no sabemos, no podemos vender falsas expectativas, falsas ilusiones, falsas seguridades. Se vive mal en la intemperie, pero este el sino de la condición humana.
Habla de que se han manifestado tres tipos de actitud en esta crisis ¿Qué las diferencia?
Es una cuestión de actitud o, mejor dicho, de talante. La primera tendencia consiste en negarla. Lo hemos visto, incluso, en líderes políticos de países muy relevantes. La segunda actitud consiste en desmoronarse, hundirse en el nihilismo y limitarse a cantar lamentaciones recordando una antigua normalidad que ya no volverá. La tercera actitud, la que me parece más adecuada, consiste en enfrentarse a ella, afrontarla y entrever las posibilidades que se abren con la crisis, los aprendizajes que podemos hacer, lo que ésta nos está enseñando.
El cuidado ha sido uno de los grandes valores que hemos aprendido. ¿Nos habíamos olvidado de este factor? ¿Valoramos cómo éste ha llegado para quedarse?
El cuidado es un valor que ha emergido con mucha fuerza en la sociedad civil. Hemos aplaudido a quienes cuidan, a quienes atienden a los grupos más vulnerables de nuestra sociedad. El cuidado constituye un ejercicio imprescindible en la vida humana. Dada nuestra intrínseca fragilidad, debemos cuidarnos y cuidar de los seres más cercanos. Por lo general, se trata de una actividad menospreciada y extrañamente reconocida en el cuerpo social. Sin embargo, es fundamental, constitutiva. Si no nos cuidamos, perecemos. Si no cuidamos a los seres vulnerables, desaparecen. Es necesario transitar hacia una sociedad de los cuidados, hacia una política del cuidado, hacia un liderazgo fundado en el cuidado.
En su libro dice “El talento compartido es imprescindible para poder salir del atolladero” ¿Qué quiere decir con ello? Y ¿por qué lo considera así?
Me refiero, implícitamente, a la inteligencia cooperativa. No saldremos del atolladero desde la lógica individualista. Se requiere la voluntad de unir fuerzas, talentos, ingenios, estrategias, capacidades para entrever hacia a donde hay que ir. Miles de científicos en el mundo están luchando para conseguir una vacuna. Es imprescindible, en esta situación, comunicarse la información, transferirse los éxitos y fracasos para evitar cometer los mismos errores. Ello exige trascender los intereses tribales de la industria farmacéutica, de los estados y, también, de los egos científicos. Solo si el talento más lúcido del planeta trabaja en comunidad y colaboración, podremos hallar la solución a la catástrofe sanitaria que estamos padeciendo.
¿Qué es lo que realmente importa de lo que hemos aprendido?
Que somos muy frágiles, que nos necesitamos unos a otros, que debemos cuidarnos para subsistir, que tenemos que atender dignamente a los mayores, que no podemos ser sujetos pasivos y silentes frente a las decisiones políticas. Hemos aprendido que tenemos que fortalecer el sentido de comunidad y vencer la tendencia individualista y egocéntrica, que debemos transitar de la conciencia tribal a la conciencia global, que existen profesiones esenciales que, en términos generales, despreciamos.
¿Cómo considera que puede ser el futuro tras lo que estamos viviendo y aprendiendo?
Sería un error, por mi parte, describir cómo será el futuro dada la incertidumbre que regula el presente y el devenir. Tenemos que ser humildes y contestar simplemente que no lo sabemos. Podemos elaborar conjeturas, hipótesis de trabajo, pero jamás deben ser consideradas como dogmas de fe o axiomas matemáticos. Es probable que la crisis pandémica acelere la transición digital de la sociedad. Es muy probable que esta crisis también sirva para tomar conciencia de que vivimos en una aldea global y que lo lejano es cercano y lo cercano, a su vez, tiene consecuencias en lo lejano. Estamos aprendiendo a dudar de la ciencia y a entrever sus debilidades, lo cual nos libera, también, de la idolatría positivista, muy presente en nuestra sociedad. Puede que esta crisis nos haga menos frívolos, más conscientes, más reflexivos, más, genuinamente, humanos.