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Un volcán de himnos y vanguardia despiden el Vive Latino por todo lo alto

El Recinto Expo despidió su quinta edición aragonesa reafirmándose como el gran puente cultural entre España y Latinoamérica, en un día marcado por la explosión de ritmos, la nostalgia y un ambiente eléctrico.

La Maravillosa Orquesta del Alcohol, uno de los grupos más esperados de la segunda jornada del Vive Latino. Foto: M. José Gracia

La Maravillosa Orquesta del Alcohol, uno de los grupos más esperados de la segunda jornada del Vive Latino. Foto: M. José Gracia

Zaragoza bajó el telón de la quinta edición del festival Vive Latino por todo lo alto. Tras una primera jornada memorable, el Recinto Expo volvió a lucir sus mejores galas para acoger el segundo y último día de un macroevento ya consolidado en el calendario estival español. Con el río Ebro actuando como testigo mudo, miles de asistentes abarrotaron el espacio desde primeras horas de la tarde, dispuestos a exprimir un cartel de auténtico lujo que combinaba veteranía, vanguardia y una riqueza sonora sin complejos.

La tarde comenzaba con una apuesta potente encima del escenario Ambar. Una propuesta que llega de la nueva escena madrileña que se está comiendo el mundo y que vuelve más fuerte que nunca la mezcla del punk-rock a los grandes festivales. Biznaga saltó al escenario con una energía rabiosa, convirtiendo la explanada en una trinchera de distorsión. Con sus riffs melódicos, la banda desató los primeros pogos de la jornada bajo la mirada complacida de sus seguidores.

El cuarteto ofreció una actuación atropellada en el mejor de los sentidos, encadenando tema tras tema casi sin pausa para coger aire. La contundencia de sus letras, gritadas al unísono por una masa de público enfervorizada, dejó claro que su propuesta trasciende lo musical para convertirse en una válvula de escape colectiva. Biznaga firmó uno de los pases más crudos, viscerales e intensos de todo el fin de semana, recordando a todos los presentes la importancia de la actitud en un escenario.

Del lado más rockero nos vamos al pop más comercial de la jornada. Veintiuno desembarcó en el Vive Latino para certificar que atraviesas un momento muy dulce en su trayectoria con la reciente publicación de su nuevo álbum. La banda hizo gala de una complicidad técnica envidiable, donde cada línea de bajo y cada matiz de guitarra encajaba con precisión milimétrica. A lo largo del concierto se sucedieron varios de sus mayores éxitos, coreados con fuerza por una audiencia entregada al ritmo y a la acidez de sus letras.

El arte más puro y emocional de la jornada llegaba de la mano de Guitarricadelafuente. Un universo que cautivó del primero al último de los que estábamos ahí porque si hay algo que el artista demostró sobre el escenario fue magnetismo. Emocionado por estar en su tierra, Álvaro Lafuente saltó al escenario para demostrar que, a veces, una propuesta cargada de silencio, matices y sensibilidad puede hacer más ruido que el amplificador más potente. Acompañado por una escenografía minimalista, donde la luz era la protagonista. El artista aragonés conectó la música tradicional, la jota y el folclore castellano con los elementos de producción más vanguardistas.

Su voz, rota y llena de pellizco, flotó sobre la noche zaragozana logrando un respeto casi religioso por parte de miles de asistentes. Los pasajes más íntimos del show, donde su voz y su guitarra bastaban para llenar el espacio, se alternaron con momentos de explosión coral que pusieron la piel de gallina a más de uno. Fue un concierto idílico, de esos que detienen el tiempo dentro de la vorágine de un macrofestival y recuerdan la belleza intrínseca de las canciones hechas desde las raíces.

Había que volver a poner al público de Zaragoza a bailar y eso es lo que hicieron Ojete Calor que podrían haber sido perfectamente un cierre de fiesta en condiciones. Ya que la distribución del cartel y los horarios se vio bastante afectada a lo largo de la noche. Cosa que pasa siempre en este festival ya que la organización no adecua los horarios con los grupos que necesitan cerrar realmente una fiesta en condiciones.

Ojete Calor, encargados de dinamitar cualquier momento de melancolía dentro del Vive Latino por todo lo alto. Carlos Areces y Aníbal Gómez saltaron a escena dispuestos a sembrar el caos festivo a base de disfraces estrafalarios, sintetizadores ochenteros y sus ya icónicas letras cargadas de sátira, absurdo e ironía. El público se entregó al delirio desde la primera canción, convirtiendo esta parte del conciero en un macro-karaoke de dimensiones épicas.

Temas emblemáticos de su repertorio desataron la locura colectiva, con miles de personas saltando y cantando al unísono en una catarsis desenfadada donde no había cabida para los prejuicios. Ojete Calor ofreció exactamente lo que se esperaba de ellos: un show disparatado, extremadamente divertido y musicalmente efectivo en su sencillez electrónica.

El público del Vive Latino se amontonó esperando a uno de los grupos más potentes del cartel, Siloé. Quienes protagonizaron uno de los conciertos más corpóreos y atmosféricos de toda la jornada. La combinación de guitarras distorsionadas, sintes envolventes y bombos electrónicos creó una pared de sonido que atrapó al público desde los primeros compases, transformando el espacio en una fiesta mística.

Fito Robles, al frente de la formación, ejerció de líder espiritual desbordando carisma y buscando de forma constante el contacto visual y físico con la gente. El grupo alternó momentos de pura eclosión bailable con pasajes épicos donde las luces y la potencia de los altavoces crearon una comunión absoluta. Su actuación dejó claro que Siloé atraviesa su momento de mayor madurez sobre las tablas, consolidados como una propuesta capaz de hacer saltar a decenas de miles de personas con la misma facilidad con la que emociona.

La locura nocturna continuaba para acoger dentro del escenario del Vive Latino a una de las bandas emergentes que más lo está petando dentro del pop rock. A Ultraligera le bastaron dos acordes para adueñarse del escenario. Con una estética sobria y un sonido que bebe directamente del post-punk y del rock alternativo de corte británico, el cuarteto demostró por qué se ha convertido en una de las formaciones más prometedoras de la escena nacional. La voz de su vocalista, rasgada y magnética, guio un repertorio en el que las melodías oscuras y los ritmos punzantes fueron ganando terreno tema a tema.

Durante su actuación no faltaron los momentos de alta tensión sonora, caracterizados por guitarras afiladas y una sección rítmica contundente que hizo retumbar las primeras filas. Canciones como sus sencillos más recientes sirvieron para constatar que el grupo no solo tiene actitud, sino también canciones capaces de sostener el peso de un gran formato.

Y, sí la noche no terminaba porque el Vive Latino continuaba con el subidón de la música al ser el turno de la M.O.D.A. porque verlos en un gran escenario es presenciar un ritual donde la frontera entre el público y la banda desaparece por completo. Ataviados con sus icónicas camisetas tirantes blancas, los siete integrantes del combo burgalés tomaron el festival para ofrecer una lección magistral de folclore, punk y poesía popular. Desde el primer rasgueo de acústica y el arranque del acordeón, la masa humana reunida frente al escenario principal se convirtió en un coro gigantesco que acompañó cada una de las estrofas interpretadas con el alma por David Ruiz.

El conjunto repasó con maestría sus éxitos de siempre con su último disco. Himnos indispensables de su discografía hicieron retumbar el recinto Expo, dejando ver a miles de personas cantando con los ojos cerrados y los brazos en alto. La M.O.D.A. demostró una vez más que su propuesta es un valor seguro en cualquier festival: un concierto cargado de honestidad e intensidad que dejó una de las estampas más emotivas de la noche.

El duende granadino de La Plazuela fue el encargado de cerrar el festival con una auténtica fiesta de raíz, Groove y vanguardia urbana. La banda es impecable encima del escenario desplegando su receta única en la que el flamenco tradicional se da la mano con el funk y la electrónica. Desde los primeros compases, el público conectó con esa atmósfera canalla y fresca que caracteriza su propuesta, convirtiendo el espacio en un tablao futurista e impredecible donde resultaba imposible quedarse quieto.

Las palmas, los quejíos y el desparpajo andaluz se entrelazaron de forma orgánica con bajos sintetizados y ritmos bailables, dando lugar a uno de los directos más originales y frescos de todo el certamen. La Plazuela no solo demostró un profundo respeto por la tradición de su tierra, sino también la audacia necesaria para deconstruirla y adaptarla a las pistas de baile del siglo XXI. Su concierto fue una auténtica celebración de la calle y una de las sorpresas más aplaudidas de la velada.

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