Los protagonistas de ‘La Ruta’ coinciden en que trasladarse a la Ibiza de los 90’s ha sido un regalo
La segunda temporada de La Ruta convierte la fiesta en relato generacional
La Ruta no es solo una serie sobre música electrónica, discotecas o noches interminables. Desde su primera temporada, la ficción creada por Borja Soler y Carlos Marqués-Marcet se propuso algo más ambicioso: convertir un fenómeno social —la Ruta del Bakalao— en un relato íntimo sobre una generación que buscaba libertad, identidad y sentido en medio del ruido. En su segunda temporada, la serie da un paso más y consolida su mirada: menos nostalgia, más memoria.
Si la primera entrega funcionaba como una inmersión sensorial —ritmo acelerado, cuerpos en movimiento, música omnipresente—, esta nueva temporada opta por un tempo más reflexivo. La fiesta sigue ahí, pero ya no es el centro absoluto. Ahora es contexto, eco, consecuencia. La Ruta se atreve a preguntarse qué queda cuando la música se apaga y el amanecer llega demasiado pronto.
De la euforia al desgaste
La segunda temporada retrata el inevitable desgaste de un movimiento que, en su origen, fue transgresión y libertad, pero que con el tiempo se vio atravesado por la masificación, los excesos y la mirada estigmatizadora. La serie huye de la idealización fácil y del juicio moral. En lugar de eso, apuesta por mostrar contradicciones: personajes que aman la noche pero empiezan a sentir su precio; amistades que se tensan; sueños que se redefinen.
Uno de los grandes aciertos de La Ruta es su capacidad para humanizar un fenómeno que durante años fue simplificado o caricaturizado en el discurso público. Aquí no hay “bakalas” como estereotipo, sino personas jóvenes intentando entender quiénes son y hacia dónde van en un país que también está cambiando. La serie dialoga, de fondo, con la España de los noventa: el fin de una inocencia colectiva, la profesionalización del ocio, el choque entre libertad individual y control social.
Irene Escolar asegura que el hecho de hacer dos personajes en esta segunda temporada nos acerca a ver dos visiones y no juzgar a las personas. “Los dos personajes nos van a mostrar dos estilos de vida diferentes, pero que van a llegar al público”, asegura Escolar.
Una puesta en escena que respira verdad
A nivel formal, la segunda temporada mantiene una identidad visual muy reconocible, pero introduce matices. La cámara sigue siendo cercana, casi física, pero se permite más silencios, más miradas sostenidas. La música —clave narrativa y emocional— ya no solo empuja, también recuerda. Las canciones funcionan como cápsulas de memoria, capaces de transportar al espectador a un tiempo concreto, incluso aunque no lo haya vivido.
El reparto vuelve a ser uno de los pilares de la serie. Las interpretaciones sostienen la complejidad emocional de los personajes sin caer en el exceso. Hay fragilidad, rabia, ternura y una sensación constante de estar viviendo algo irrepetible, aunque todavía no se sepa. El personaje de Álex Monner, es el único que repite de la anterior temporada, vivirá un cambio grande. Monner: “Estoy contento porque se va a poder ver una evolución muy grande de mi personaje”.
Esta segunda temporada está llena de caras nuevas como Carla Díaz que asegura que para ella formar parte de esta serie y meterse en la época de los 90 ha sido algo sensacional con lo que se quiere quedar.
Una serie que habla del pasado para entender el presente
La Ruta demuestra en su segunda temporada que las series también pueden ser herramientas de memoria cultural. No se limita a recrear una época, sino que la revisita con preguntas contemporáneas: ¿cómo construimos nuestros espacios de libertad?, ¿qué sucede cuando lo alternativo se convierte en industria?, ¿quién escribe el relato oficial de lo que fue?
En un panorama audiovisual cada vez más dominado por fórmulas repetidas, La Ruta destaca por su honestidad y su ambición. No pretende gustar a todo el mundo ni ofrecer respuestas cerradas. Prefiere incomodar, emocionar y dejar poso. Como una buena noche: intensa, confusa, imposible de olvidar.