Leiva se hace gigante en Zaragoza en una noche para cantar, vibrar y recordar
Anoche, 12 de octubre, día grande de las Fiestas del Pilar, Leiva ofreció en el Pabellón Príncipe Felipe de Zaragoza un concierto que ya muchos califican como uno de los momentos musicales más potentes y emotivos de estas fiestas. Con el cartel de entradas agotadas, desde hacía meses, el madrileño convirtió su paso por la capital aragonesa en una auténtica celebración de rock.
Un arranque ambicioso y visualmente impecable
La noche comenzó puntual, con una cuenta atrás en las pantallas que marcó el tono de lo que vendría: precisión, energía y una puesta en escena cuidada hasta el detalle. Leiva apareció con una banda solvente de siete músicos, equilibrada entre músculo rockero y elegancia instrumental.
El arranque fue eléctrico: Bajo presión, Lluvia en los zapatos, Gigante, Lobos, Terriblemente cruel y Superpoderes fueron los primeros golpes de una descarga sonora que hizo temblar el pabellón. Sin grandes discursos, el artista conectó de inmediato con el público, lanzando un cálido “¿Estáis bien? ¿Sois felices?” y recordando sus raíces familiares aragonesas, lo que avivó aún más la comunión con la grada.
Entre el rugido del rock y el silencio compartido
El concierto fue un viaje bien medido entre la potencia eléctrica y la intimidad acústica. Hubo espacio para el rugido de guitarras y también para momentos de pausa y piel de gallina. Uno de los instantes más mágicos llegó con Vis a vis, cuando Leiva pidió al público guardar los móviles y vivir el momento en silencio. Solo su voz, una guitarra y un foco: cinco minutos de conexión pura y silencio respetuoso en un recinto lleno.
En otro guiño a la ciudad, dedicó unas palabras a la cantera del rap zaragozano, mencionando a Kase.O y Violadores del Verso, gesto que el público celebró con una ovación espontánea.
Clásicos, euforia y un cierre de altura
En la recta final, el repertorio se volvió festivo y nostálgico: Como lo tienes tú, Lady Madrid, Estrella polar y Princesas pusieron a cantar a un pabellón encendido, que coreó cada verso como si fuera propio. La mezcla de himnos de Pereza, temas de su carrera en solitario y las nuevas composiciones de su disco Gigante demostró la madurez de un artista en plenitud, capaz de moverse entre el pasado y el presente con naturalidad.
Una noche para recordar
Leiva cerró la velada agradeciendo la entrega del público y prometiendo volver a Zaragoza en 2026. El aplauso final fue largo, cálido y sentido, de esos que no se improvisan.
Más que un concierto, lo de Leiva fue una ceremonia de rock con textura de celebración íntima. En un espacio de gran formato, consiguió que cada asistente sintiera que cantaba solo para él. Zaragoza, en su día grande, volvió a ser testigo de cómo el madrileño se agiganta sobre el escenario: con oficio, emoción y una verdad que solo los grandes saben sostener.