Javier Menéndez Flores: “Los lectores de novela negra buscan emociones fuertes”
Javier Menéndez Flores nos sorprende con Todos nosotros, una novela fascinante llena de intriga policial que no podrás dejar de leer desde el minuto uno. En ella nos traslada al Madrid en 1981en donde una pareja de inspectores de policía investiga el atropello mortal de una joven completamente desnuda cuya autopsia revela unas terribles lesiones previas al accidente. Poco después, dos chicas de edades similares desaparecen y de esta manera se comenzará una absorbente intriga criminal embarcando dos décadas en donde ha conseguido mezclar con gran maestría la acción y la psicología.
Suspense y violencia a un ritmo trepidante y sobre todo un final épico, tan sorprendente como demoledor, que reflexiona sobre el ser humano. ¿Qué más se le puede pedir? No lo dudes más y sumérgete en esta novela y si todavía no te has convencido te dejamos la entrevista con el autor.
¿Con qué se encuentra el lector en Todos nosotros?
Todos nosotros es un thriller pleno de acción, una novela policíaca de suspense, y es también un viaje a través del tiempo. Un viaje de algo más de dos décadas en el que unos inspectores de policía tan tenaces como apasionados tratan de esclarecer una serie de muertes y desapariciones de chicas con un denominador común: todas fueron vistas por última vez en locales de copas.
En tu libro conviertes las calles de Madrid en un escenario más de la historia. ¿Por qué este lugar?
Siempre imaginé esta novela en una gran ciudad, y Madrid, donde nací, me pareció desde el principio el escenario perfecto para desarrollar la acción. Quería transmitir la idea de una ciudad viva que nos habla de sí misma a través de sus calles, de sus locales y de sus habitantes, tan diversos. En Madrid, como en cualquier otra gran capital, siempre pasan cosas, y en las dos épocas en las que transcurre Todos nosotros, sobre todo en la primera, tuvieron lugar una serie de hechos de una enorme trascendencia para este país y yo quería contarlos. Hablo de cambios sociales, políticos y culturales que redefinieron España tras cuatro décadas de dictadura y que tuvieron su mayor expresión en Madrid.
Además, nos trasladas a dos épocas diferentes de la historia: 1981 y 2002. ¿Por qué esos años? ¿Hay alguna particularidad en ellos?
Me propuse escribir un thriller de corte clásico, en el que las personas tuvieran mayor peso que la tecnología. En 1981, en España, no había teléfonos móviles ni pruebas de ADN ni cámaras de seguridad en las calles y en los establecimientos. Hoy en día muchos crímenes se resuelven en los laboratorios, gracias a la labor de la policía científica, tan avanzada, pero en aquel entonces los policías tenían que servirse de toda su capacidad deductiva, de todo su talento, y hacer de la necesidad virtud. Pasaban muchas horas en la calle, hablaban con muchas personas, y llevaban siempre bloc y bolígrafo. Y creo que ese modo de trabajar, casi artesanal, resulta mucho más atractivo para el lector. La elección de la segunda época, el 2002, vino marcada por la primera. Pero de algún modo quería reflejar el choque entre dos Españas antitéticas, la que comenzaba a entrar en la modernidad y la plenamente desarrollada, y, también, entre dos modos diametralmente opuestos de abordar la labor policial. En 1981 los policías provenientes del franquismo convivían con los formados en democracia, y entre ellos se producían fricciones inevitables porque los primeros eran expeditivos y no reparaban en barras. Sin embargo, en 2002 los métodos policiales eran, por fortuna, otros.
Desde la primera página atrapas al lector intentando averiguar qué es lo que está pasando.
A veces me ha pasado que me he puesto a leer un thriller y en la página 150 aún no había pasado nada, y eso es algo que un autor de este género no se puede permitir de ninguna de las maneras. Los lectores de novela negra buscan emociones fuertes, suspense, sorpresas, tensión, y si un escritor decide atravesar esa puerta tiene que cumplir, al menos, esos requisitos. Tuve todo eso muy presente cuando me puse a escribir Todos nosotros, y lo que sí puedo decir es que arranca a 200 por hora y que el suspense y el ritmo no decrecen hasta el final.
¿Con la novela buscas que el lector reflexione sobre la complejidad del ser humano y la oscuridad?
El ser humano es complejo, nuestro cerebro sigue siendo un gran enigma, y la oscuridad y el mal están ahí, al igual que la luz y el bien. En los thrillers esta idea debe de estar muy presente: hay criminales carentes de emociones, que no sienten nada por los de su especie, y luego hay policías que luchan cuanto les es posible porque nuestro mundo sea un lugar más habitable, mejor.
Para llevar a cabo la novela, ¿te documentaste con otros casos, pediste ayuda a cuerpos de seguridad…?
La historia criminal que relato en Todos nosotros es pura ficción, por lo que no me basé en ningún caso real, pero el contexto en el que se desarrolla sí que lo es. Hay, de hecho, numerosas menciones de personas reales con sus nombres y apellidos. La labor de documentación ha sido colosal, un trabajo de algo más de un año, pues quería que el lector se sintiera como subido a una máquina del tiempo y que pudiera ver esos lugares tal y como fueron. Y sí que hablé con algunos inspectores de policía, cuya ayuda me resultó decisiva para poder contar aspectos de su funcionamiento.
El tormento en el personaje de Diego está muy presente por ese caso sin resolver. Consigues mostrar esa vulnerabilidad y fuerza con el protagonista. Háblanos un poco sobre él.
Diego Álamo es un policía vocacional; alguien que ama aquello que hace. No es un superhéroe ni un antihéroe, sino simplemente un hombre normal con unos principios morales muy sólidos, insobornable, y para el que la investigación que le es encomendada se convierte en una verdadera misión de vida.
Algunos de los personajes secundarios logran conquistar al lector. ¿Cómo fue el proceso de crearlos?
No fue fácil. Los secundarios son, de hecho, muy difíciles de perfilar, pues sus intervenciones son más breves y tienen que seducir al lector en menor tiempo. Estoy muy satisfecho con los personajes de Todos nosotros en general, ya que ni quisiera esos secundarios que citas son meros figurantes, sino que tienen entidad. Al ser una novela extensa hay muchos personajes, y he tratado de que los lectores pudieran identificarse con ellos.
Hay una cosa que queda clara en tu novela y es que los malos son malos de verdad.
Sí, lo son. Auténticos hijos de puta. Hay pasajes de la novela que pueden resultar duros, pues sin necesidad de recurrir a la explicitud, al gore, se puede imprimir a la obra una violencia psicológica y visual muy potente. Lo que sucede es que para compensar eso la novela tiene a su vez momentos de ternura, de amor. Y hay ironía. Y sexo consentido y placentero. Y no me olvido de la esperanza.