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Kase.O cierra en Zaragoza su gira “33 Aniversario”: Una noche para el recuerdo

Kase.O culmina en casa la gira con la que celebra 33 años de música en un recinto lleno y con una sensación difícil de fingir: la de estar viviendo algo que se recuerda antes de terminar. Entre generaciones mezcladas, con una previa de Acción Sánchez y un final nostálgico con Violadores del Verso. Tampoco faltó el anuncio de su próximo disco que saldrá en junio del año que viene.


A las siete de la tarde el Príncipe Felipe ya parecía otro lugar. Era una sala de espera para algo que mucha gente llevaba años esperando. Las colas crecían con esa paciencia rara que solo se da cuando el plan merece la pena. En los puestos de merchandising: lanyards, camisetas, vinilos. Anoche todo funcionaba como pruebas físicas de pertenencia: “Yo estuve”.

Lo más bonito era mirar alrededor. Había varias generaciones mezcladas, como si Zaragoza hubiese decidido hacer un retrato de sí misma en clave urbana. Padres con hijos, chavales con gorras y sudaderas anchas, gente que venía con camisetas de Violadores del Verso, de Rapsusklei, de mil nombres que caben dentro de un mismo pulso. Y sorprendía —de verdad— la naturalidad con la que los más pequeños sentían el rap como algo propio, no prestado. No estaban “acompañando”: estaban viviendo.

Acción Sánchez, la antesala perfecta

No era telonero: era la chispa en el suelo: Acción Sánchez, DJ y productor, miembro de SFDK. Una presencia que era, al mismo tiempo, música y símbolo.

Desde mezclas de Nathy Peluso, éxitos noventeros y dosmileros, música negra, rap español mítico: un recorrido que no pedía permiso para mezclar géneros porque, en realidad, el público ya venía mezclado. Con la pista prácticamente llena, Sánchez sostuvo el ambiente una hora y cuarto y lo soltó al final con su nombre coreado.

Mochila al hombro. Un comienzo que ya era memoria

Kase.O apareció como si entrara al patio del colegio: sudadera, mochila al hombro. Ese gesto, tan simple, tenía la fuerza de las cosas que no se explican; se entienden. La mochila no era un accesorio. Era un recuerdo material de otro tiempo: cuando viajar para rapear era también viajar para sobrevivir.

Arrancó con “Intro97”. Y ahí el pabellón se reconfiguró. De pronto, la grada y la pista eran una sola boca. “Vicios y virtudes”. “Ninguna chavala tiene dueño”. El inicio fue directo, sin florituras: una manera de decir “hemos venido a esto”. El rap, cuando golpea bien, no necesita decorado: necesita verdad y un ritmo que te descoloque el corazón.

Kase.O se mueve como se ha movido siempre: midiendo los tiempos, gesticulando con precisión, jugando con el espacio del escenario como un tablero conocido desde hace décadas. A los platos, R de Rumba —con esa certeza de que no acompaña, sino que construye— mantenía el hilo como un artesano de la música.

Palmas al aire

A partir de ahí el primer bloque tuvo una cualidad extraña: era potente y, al mismo tiempo, emocional. “Información Planta Calle” llegó como un medley, con la parte central, lo esencial, lo que muerde. No hizo falta cantarla entera. Había algo “picadito”, como si la noche estuviera hecha de recortes de vida, de momentos seleccionados a propósito.

Hubo instantes en los que se quedó solo, como en “Fuego camina conmigo”, y el pabellón bajó un punto de volumen para escuchar con otra clase de atención. Después, “Javat y Kamel”, “Pura droga sin cantar”, con las palmas, las manos arriba, el ritual del rap cuando el público se vuelve instrumento.

Los almendrucos y el amor como revolución

Pasada media hora, llegó el saludo a Zaragoza. Y lo hizo a su manera: con humor, con ternura, con esa mezcla de cercanía y mito que solo tiene quien juega en casa. Nombró a la gente venida de fuera de Zaragoza; les invitó a disfrutar la ciudad y de los “cabezudos, almendrucos, cheposos”, señalando al público maño.

Agradeció a sus padres, los hizo levantarse, y el pabellón coreó “José Luis” para su padre. Lo dijo claro: no educados en el miedo, sino en el amor y la libertad; sin cortarle las alas. Y lanzó una idea que se quedó flotando como una frase para llevarse a casa: la alegría es una forma de joder al sistema. Ellos quieren verte jodido. Sé feliz: esa es la revolución.

En este momento cogió de nuevo su mochila y explicó el símbolo: “cuando con 14 o 15 años iba a actuar a otras ciudades, esto era mi hotel y camerino.”

Y con esa historia cerró una primera mitad que dejó al público con la sensación de haber cruzado una puerta.

El Círculo, el presente, y la felicidad gamberra

Tras el cambio, entró el bloque de “El Círculo” y del Kase.O más reciente. La energía mutó: más bailable, más luminosa, más de “vamos a disfrutar”. Y ahí llegó El Momo, con ese grito de “El Momo en la casa” que en Zaragoza suena a barrio y a escenario a la vez. “Esto no para”. “Bacalao”. “Como el sol”.

Kase.O se puso unas gafas que estaban en el suelo del escenario y apareció el Kase.O más gamberro: el que no necesita demostrar nada porque ya lo ha demostrado todo, y ahora se permite jugar. El buen rollo —ese que no se finge— se volvió contagioso. El Felipe era una fiesta y, a ratos, parecía que lo más importante no era cantar, sino sonreír.

Sho-Hai, Albert Pla y el teatro dentro del rap

Y entonces pasó lo que tenía que pasar: Sho-Hai apareció y el pabellón se cayó, literalmente, encima de sí mismo. “Viejos ciegos”. Esa clase de tema que no envejece porque no pertenece a una época, pertenece a una identidad.

La pantalla superior bajó para “Repartiendo arte” y el escenario se hizo más grande y más íntimo a la vez. Y, como si la noche quisiera demostrar que el rap también es teatro, apareció Albert Pla. Sentado en un banco, con Kase.O, cantaron “Todo me va bien”. Fue de esos momentos que no se explican por setlist, sino por imagen: dos figuras bajo un foco, y el pabellón conteniendo la respiración.

Tampoco faltó “Mazas y catapultas”. Y, cuando parecía que ya no quedaba margen, llegaron los bises. “Ringui Dingui” abrió la puerta a la recta final, y Kase.O lo dijo casi como excusa y como regalo: no quería que la gente estuviera cuatro horas, pero no quería irse sin repasar muchas cosas. Así que fue saltando, citando versos, dejando caer “Soy de Aragón”, recordando a Labordeta, a Joaquín Carbonell. Y allí, en el centro de todo, un Javi tranquilo, con los deberes hechos, disfrutando del lugar seguro que es su gente.

El reencuentro: “esto hay que vivir para contarlo”

Y entonces llegó lo inevitable. Lo que todo el mundo llevaba horas deseando sin decirlo demasiado alto por miedo a gafarlo. Sho-Hai volvió. Lírico apareció. R de Rumba a los platos. Violadores del Verso al completo. El “momento histórico”, el golpe de realidad. El pabellón se volvió un grito sostenido.

Cantaron “Esto hay que vivir para contarlo”. Y sí: hay cosas que no se pueden resumir, solo recordar. Kase.O lo dijo con orgullo, con humor, con ese punto de exageración feliz que a veces es la forma más honesta de hablar de lo que amas. Larga vida a Violadores. Cultura nacional. Historia del hip hop mundial.

El cierre, antes del último golpe, fue un agradecimiento a su equipo, a su manager, a quienes hacen posible que una noche así exista. Porque los conciertos grandes no se montan solos: se construyen con una familia laboral que también es afectiva.

Y todavía quedaba el broche final, como un guiño a los fans del rock —incluido él—: “Jesucristo García”, de Extremoduro, como grito al cielo para terminar de romper el techo emocional del pabellón.

Cuando se encendieron las luces, la gente tardó en irse. No por logística: por duelo. Porque cerrar una gira así, en casa, no es terminar un show. Es cerrar una época.

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