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“Akelarre”, un juego de luces y sombras de nuestro pasado

Akelarre nos transporta hasta una aldea costera de Euskadi de principios del siglo XVII para hacernos testigos de una inconcebible caza de brujas, pero en realidad está hablándonos de nuestro día a día: inquisitorial, absurdo, violento y cargado de miedo.

Ana, de 17 años, participa por primera vez en una fiesta nocturna en el bosque con otras chicas del pueblo. Al amanecer, son detenidas. El juez Rosteguy De Lancre, encargado del Rey para depurar la región, las acusa de brujería. Seguro de haber encontrado aquí su mejor presa, decide hacer todo lo posible para que confiesen lo que saben sobre el akelarre, la ceremonia mágica durante la cual se supone que el diablo hace acto de aparición para aparearse con ellas.

En 1609, el juez Pierre de Lancre recorrió el País Vasco francés interrogando a centenares de personas y condenando a decenas de mujeres a la hoguera por supuestos actos de brujería. La película se inspira libremente en el libro donde este juez relató sus vivencias: ‘Tratado de brujería vasca: Descripción de la inconstancia de los malos Ángeles o Demonios’. Agüero y Guillou parten de ahí para construir una historia marcada por su contundente feminismo y una aproximación distinta a la que estábamos acostumbrados. El uso de la feminidad para desenmascarar al verdadero mal de la ignorancia medieval es un triunfo.

Amaia Aberasturi y Àlex Brendemühl son los reyes de esta oscura función. Unas interpretaciones magistrales que te hacen vivir cada palabra y cada imagen como si estuvieras en ese momento y lugar.

Un delirante cuento de terror, conectado estéticamente a las últimas aportaciones al género, en el que lo más perturbador es siempre el horror cotidiano. Una tragedia tan real que asusta y sin ninguna puerta abierta a un hechizo que nos salve. Novedosa en muchos momentos y atrevida formalmente. Resalta la sorprendente edición, moderna y donde aparece que la misión principal es hacer avanzar a la historia hacia un estilo propio.

En lo que respecta a la fotografía transmite una verosimilitud y un poderío visual arrebatador a cada uno de los planos una película que no duda en aproximarse al presente a través de su política reivindicativa. Su puesta en escena naturalista acentúa el contraste entre la oscuridad de los inquisidores y la luminosidad de las chicas acusadas de brujería.

“Akelarre” ha cumplido todas mis expectativas y podría decir que es una de las mejores producciones de este año en donde el cine se ha visto reducido ante la pandemia.

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