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Alfonso Kint: “El documental tardamos siete años en grabarlo”

"Soñando un lugar" de Alfonso Kint. Foto: Pedro Castelo

Soñando un lugar, un documental ambientado en Torralba de Ribota realizado por el director Alfonso Kint. Este trabajo está participando en varios festivales como el Festival Internacional de Mediometrajes de Valencia que tuvo lugar a finales de noviembre y, también, en la pasada edición de los Premios Goya estuvo nominado.

El director ha rodado durante siete años el proceso de abandonar la gran ciudad e instalarse en el pueblo. El resultado es un documental que contrapone lo urbano frente a lo rural. El cineasta y su pareja decidieron dejar Madrid tras el nacimiento de su hija Greta. Juntos se trasladaron a un pequeño pueblo de Zaragoza en medio de un desierto demográfico. A través de los vecinos de Torralba de Ribota, van descubriendo la delicada situación en la que se encuentra este lugar, motivo que les empuja a reinventarse desde cero. Una visión diferente sobre el presente de estos pueblos y sus inmensas posibilidades; una apuesta que nos plantea la duda de si vivir concentrados en las ciudades es realmente una necesidad o una costumbre difícil de cambiar.


Durante el mes de diciembre presentaste el documental en el Festival Internaconal de Mediometrajes de Valencia, ¿cómo fue?

Fue muy bien. Es un placer encontrar a gente que esté dispuesta a ver este documental. Fue increíble ver la sala llena. Por otro lado, Lucía, la protagonista de le película, es de Valencia y para ella se cerró un círculo porque en el documental se dice que ella viene de campo y no es del todo cierto. Aunque ella nació en Valencia estuvo viviendo mucho tiempo en el medio rural, pero sus orígenes son valencianos y presentar aquí la película ha sido bonito.

También habéis estado en otros festivales e incluso estuvisteis nominados en la anterior edición de los Premios Goya

Mover un documental por todos los lados es costoso sobre todo, porque lo estamos haciendo nosotros y no tenemos detrás ni una distribuidora ni una empresa. Lo estamos haciendo todo con mucho cariño. El documental tardamos siete años en grabarlo y lo hicimos nosotros igual que con la distribución. Es complicado, pero lo estamos consiguiendo mover de una forma más alternativa. No solo en los festivales también haciendo proyecciones en los pueblos y zonas rurales.

En la película contáis vuestra propia experiencia que es de vivir en Madrid a iros a un pueblo que es Torralba de Ribota, ¿qué os lleva a tomar esa decisión?

Ir de Madrid a Torralba de Ribota ha sido algo más que un viaje y ha supuesto un cambio para nuestras vidas. Es un cambio muy grande pasar de vivir en una ciudad a un pueblo. Esto supone para mí una riqueza y el tiempo es una cosa relativa aquí porque cunde mucho más. Las vivencias que uno tiene con estos pueblos más desolados es que te da tiempo a conocerte más a ti mismo y, luego, tiene mucha inspiración para la gente que se dedica al arte porque los paseos que das por el campo te conectan con el presente y ves cosas que están pasando en ese momento como un pájaro, un saltamontes o el olor de las flores. Todo esto te hace conectarte contigo mismo y con el presente. Yo solo encuentro riqueza.

En el documental queda reflejada la despoblación que se vive en estas zonas rurales no solo en Aragón sino en toda España, ¿ha sido complicado transmitir esta idea al espectador?

Hacer un documental es siempre complicado sobre todo, cuando tienes siete años de grabaciones y muchos discos duros con un montón de material que no sabes como ordenar. Sí es complicado transmitirlo, pero he intentado transmitirlo de una forma optimista y positiva. Lo que me dice la gente es que son imágenes muy bellas, con un buen sonido y, además, te da un punto de reflexión. Después de ver la película, en donde la proyectamos, hacemos un debate y la gente no me suele preguntar cuánto me ha costado grabarla, todo el mundo se va a las preguntas de la despoblación porque es lo que llega a la gente y es lo que te hace pensar. El documental no da una visión negativa y no acaba de bajón, acaba diciendo que hay una esperanza, una solución y que se puede hacer. Nosotros somos prueba de ello que vivimos aquí y todavía no nos hemos ido. Desde el pueblo se puede trabajar y la gente que tenga miedo a ello o se piense que no se puede hacer, la respuesta es que sí se puede hacer e incluso es más fácil que en la ciudad.

Con esto vosotros habéis empezado de cero, os habéis reinventado

Hay que reinventarse porque hay muchas cosas que hacer en un pueblo como este. En estos pueblos puedes forjarte una nueva personalidad, empezar de cero, reinventarte y hacer una nueva vida con todo lo que has aprendido de antes o no. Se puede hacer y hay posibilidades.

¿Qué ha supuesto para vosotros esta nueva vida tanto en lo personal como en el documental?

En el documental buscábamos transmitir temas que de otra forma no podíamos mostrar de la vida que llevamos en el campo. Además, el documental ha cogido fuerza lo que ha hecho que el proyecto Pueblos en arte también lo haya cogido. Creo que es una tarjeta de presentación muy buena y creo que puede servir para que otras personas en otros lugares puedan ver este proyecto. Contagiando ese optimismo y esa emoción que transmite la película creo que se puede llegar a varios públicos que quizás puedan hacer una reflexión y plantearse cómo hacer que su casa del pueblo tenga vida porque no le dan uso o cómo hacer que la gente vaya a esos pueblos. Por estos dos lados, el público que ve la película creo que se genera una reflexión en la cabeza que hace que sea favorable que pueda haber vida en los pueblos.

¿Cómo vivió la gente del pueblo la grabación del documental?

No lo he preguntado, pero me imagino que quizás al principio lo vivieron de una forma un poco extraña. En este caso, lo que pasó es que la gente mayor estaba muy ávida de que pasaran cosas en el pueblo porque hacía mucho tiempo que no pasaba nada. De hecho, al venir con una niña trajimos como una luz de esperanza. Luego al intentar hacer actividades culturales y mover un poco todo esto con Pueblos en arte ya vieron que íbamos en serio. Mucha gente cuando ya nos conoció quiso formar parte del documental. Nosotros escuchamos lo que nos querían contar y su deseo es que viniera gente y así ha sido.

A parte del documental también habéis realizado diferentes propuestas culturales como Pueblos en arte, ¿cómo ha sido la acogida?

Siempre bien. En un sitio en donde no pasa nada cultural siempre es bueno. La gente cuando hemos hecho cosas como exposiciones para ellos es un regalo porque no están acostumbrados a verlo al cambio que no vayan a la ciudad. A veces hacemos cosas de fotografía, otras de pintura, de danza o de teatro. Creemos que hay un problema y es que la gente joven no se queda en los pueblos. Ahí está el problema y tenemos que conseguir que ellos se queden, pero para eso tenemos que preguntarles qué es lo que quieren. Las actividades culturales están bien porque hacen que se hagan encuentros entre la gente de la ciudad y del pueblo y ocurre un intercambio bueno. Creo que es necesario seguir con esto, hacer más cosas porque la gente se lo está tomando a bien.

¿Te has planteado el volver a realizar otro documental?

De momento no, por ahora estamos acompañando a la película que también es trabajo. Como ha sido tan reciente la creación de Soñando un lugar todavía no me he planteado nada. Sí que tengo guardado algún guion de otro tipo, pero ahí está. Nos haría falta tener productores y gente que se involucre con nosotros. Este documental me ha llevado casi 10 años en donde he estado yo solo y si hago otro proyecto necesito tiempo, gente, dinero y, sin ello no se puede hacer.

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